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Pere Baltà i Llopart - Abril de 2020
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Relatos de la Catalunya que quiere ser un sol poble

Pròleg del llibre Destino Cataluña. Relatos del Primer Certamen Literario de 2018

Portada del llibre Suele suceder que, para escribir el prólogo de un libro, nos haga falta un espacio de tiempo del que no siempre disponemos, con lo que el encargo es más bien -como suele decirse en catalán- un compromís a contracor. En el caso de este libro, no ha sido así por diversas razones, entre las que cuenta el afecto personal por Eduardo Reyes y el reconocimiento a Súmate, que impulsa el "Catalunya un sol poble", que fue la fórmula mágica de Paco Candel para mantener la cohesión de la sociedad catalana.

La seriedad con que uno se toma estos encargos te lleva irremisiblemente a la lectura, para lo cual es aconsejable ponerse en situación: llena mi ordenador una colección de textos surgidos de la nostalgia que produce la emigración, tanto por el pedazo de mundo que dejas atrás, como por la prevención a lo desconocido, que se produce al llegar al lugar donde los tuyos han decidido construir el futuro. Hablo en primera persona, como ven. Yo también he sentido el desarraigo. Sucedió cuando los míos decidieron echar raíces en otra parte. No obstante la pertenencia a una saga de más de ocho apellidos catalanes... (Valga la ironía de una magnífica propuesta cinematográfica entorno a las esencias de dos comunidades aparentemente antagónicas). El desarrelament se produjo también en las migraciones internas de Catalunya, mucho antes de que vinieran gentes desde otras partes del estado.

Nuestros antepasados también supieron de la añoranza cuando -¡por fin!- nos dejaron anar a fer les Amèriques. A finales del siglo XVIII el estado levantó la prohibición impuesta a los habitantes de lo que ahora conocemos como els països catalans. Poco después, la industrialización vació nuestro mundo rural para incorporarlo a las colonias industriales que surgieron a lo largo del Ter y el Llobregat y los vapors, como se llamó a las fábricas textiles del llano de Barcelona. Después vinieron valencianos, mallorquines i occitanos, a quienes las afinidades de lengua y de costumbres facilitaron la asimilación; tampoco fue difícil la incorporación social de los aragoneses que aumentaron su presencia con ocasión de la Exposición Universal de Barcelona del 1888. El eje mediterràneo de aquel entonces trajo después gentes de Murcia y Almería -definidos ambos como els murcians- para la construcción del metro y la Exposición Internacional de 1929.

Al finalizar la segunda Guerra Mundial, todavía hubo migraciones interiores en Catalunya. Mi familia llegó al Prat de Llobregat en 1946, procedente del Alt Penedés para hacerse cargo de un establecimiento de hostelería al pie de la carretera del campo de aviación, que teníamos muy cercano. Se trataba de vender directamente al consumidor el vino que la familia acumulaba en su bodega. Desde allí vi llegar el aluvión inmigratorio de nuestra larga postguerra. Andaluces, extremeños, manchegos, gallegos i, en menor número, gentes de la meseta que Madrid despoblaba. El Bar de cal Marcelino era el punto de encuentro para aquellas gentes que llegaban cargadas de bultos y maletas de cartón atadas con cordeles. Allí mismo conectaban con los caps de colla que, inmediatamente, les destinaban a las masías, necesitadas de brazos para el cultivo de unos campos cuya producción se exportaba hacia una Europa, cuya campiña había sido un inmenso campo de batalla.

El Bar de cal Marcelino, actualment tapiat, punt d'arribada d'immigrats al Prat de Llobregat

Tampoco este país se había recobrado de su propia guerra incivil. Recuerdo el pa negre y las cartillas de racionamiento, el estraperlo, los puestos de abastos, las colillas de tabaco reaprovechadas, el Cara al Sol y las Salvemaría cantados por decreto. El miedo en la cara de la gente, el regreso de los confinados en los penales y los campos de concentración... También el retorno de Rusia en el Semiramis de los prisioneros de la División Azul. Recuerdo a Franco pasando por delante de mi casa y la represión en las caras de mis amigos llegados del sur, huyendo de las represalias "por ser hijos de rojos" de los señoritos fascistas. También vi pasar a Eva Perón y al doctor Fleming, ellos sí, ovacionados por el trigo y por la penicilina, que trajeron esperanza a tanta gente infectada de tuberculosis a causa de la hambruna i la miseria social.

Arribada d'immigrats a l'Estació de França (Salvador Grau) Algunos de mis compañeros de juegos infantiles, más tarde mis amigos, procedían de aquellas familias llegadas en El Sevillano, el tren que les traía hacinados des del sur. Alrededor de las mesas de mármol de Cal Marcelino se contaban historias como las que se relatan en este libro. Crecí con ellas y con ellos. Estuve en las barracas que surgieron como setas en los descampados, estuve en los pisos donde vivían realquilados y amontonados, estuve en los puentes bajo la autovía de Castelldefels donde construyeron habitáculos en cuanto aprendieron a levantar una pared haciendo de paletes... Con ellos adquirí la consciencia social que me llevó a denunciar en la prensa de la época que, en la comunidad española con mayor renta per capita -que era El Prat en aquellos años-, hubiera medio centenar de familias viviendo bajo puentes. La propuesta que hice, como conclusión del reportaje, de crear una cooperativa para resolver el problema, fue el origen de la Cooperativa Obrera que, nacida en torno a una de aquellas mesas de mármol del bar que era mi casa, posibilitó un techo digno donde vivir a un millar y medio de familias. Curiosa y contradictoriamente, Catalunya generaba trabajo para una gran multitud, pero no disponía de los techos necesarios para albergarles. Entre todos supimos gestionar la situación -asociarse siempre ha sido la manera catalana de resolver los problemas-, fomentando la convivencia y la cohesión social.

Luego vino el estado con sus polígonos de viviendas sociales, una nueva fórmula de suburbio que, lejos de generar integración social, desintegraba. Una estratégica nacida en el seno de la Falange, que aportaba grandes negocios a la oligarquía económica y contribuía a la división social, que le convenía a la dictadura, favoreciendo la invasión pacífica de Catalunya para tenerla atada y bien atada. Todo lo contrario del concepto del "un sol poble", que había impulsado un xarnego murciano, que no era de Murcia, sino del Rincón de Ademuz, enclave valenciano de habla aragonesa.

Paco Candel entendió con gran intuición y brillantez intelectual que toda aquella gente, su familia y todas las demás, acabarían asumiendo la mentalidad y la manera de vivir del lugar donde habían llegado, huyendo de la España profunda, marcada por el hambre y el caciquismo. "El hombre no es de donde nace, sino de donde pace", afirma la sabiduría popular. "La tierra hace al hombre", añadió el escritor de Can Tunis, la actual Marina de Sants, pensando que acabarían siendo de aquí con su propio carácter, el amor al lugar que les vio nacer y la gratitud a la tierra que les ayudó a crecer. Son els altres catalans, desde el respeto a lo que aquí descubrieron, en cuanto se dieron cuenta de que les ganes de treballar és lo que más se aprecia en esta tierra de acogida, junto al respeto a las costumbres y a la cultura, les coses d'aquí.

Cuando he llegado al final del último de los relatos que incluye este libro, he pensado en el acierto de Súmate al convocar un certamen, en el que ha sido posible explicar la experiencia vital de quienes un día decidieron mirar hacia Catalunya buscando horizontes. En algunos relatos hay el esplendor que nace de un sueño alcanzado, en otros la satisfacción de la autorealización, el reconocimiento hacia la sociedad que lo ha hecho posible y, casi siempre, la solidaridad con los sueños colectivos de libertad de la gente que les acogió con los brazos abiertos. Juntos han superando los prejuicios i han construido una nueva realidad basada en una libertad que ellos descubrieron aquí, en plena dictadura, algo que aquí no se percibía, porque nosotros solo sentíamos la opresión política de una oligarquía que, a ellos, allá de donde venían, les añadía la inmediatez de la opresión social. Quiero decir que, lejos del caciquismo, se sentían libres. Aquí hicieron el hallazgo de una sociedad abierta que los catalanes ni presentíamos. Esto se hace aún más evidente cuando el relato recoge el testimonio de los represaliados políticos desterrados a Catalunya por su fidelidad a la derrocada República des de su condición de maestros, funcionarios e inclusive militares republicanos. Ellos entendieron más que nadie que llegaban a una Cataluña que, pese a una España que veía la mano del diablo en todo lo que nos llegaba de Europa, había sabido importar la Ilustración liberadora des de la universalización de la cultura, al mismo tiempo que desarrollaba la Revolución Industrial y creaba estructuras de convivencia social interclasista.

He de agradecer a Súmate que para escribir el prólogo me haya devuelto a aquel bar, café, taberna, fonda, o lo que fuera, que para mí fue un auténtico ateneo donde se forjó mi propia trayectoria y, para tantas otras personas como ellos, un punto de encuentro o de llegada. El recuerdo tiene tanta fuerza que no puedo prescindir de esta descripción:

"Todavía no he cumplido diez años. Mi abuelo me pide que esté atento en la puerta del bar para llevarle el periódico en cuanto llegue... Cuando se lo entrego me hace leer los titulares más destacados, como ejercicio para practicar la lectura.I ara, com ho diries en català?, me incentiva compensando la prohibición de aprenderlo en la escuela. Pronto, un grupo de muchachos de la edad de mi hermano -seis años y medio mayor que yo- me hacen que les lea las noticias de la guerra de Corea, son analfabetos, hijos de anarquistas del sur a los que los franquistas fusilaron. Siempre hablan de Queipo de Llano y de Varela, con rencor. Ahora simpatizan con el socialismo soviético y alimentan el odio contra los yanquis. Leída la crónica des del Paralelo 38, un joven anarquista manchego recién liberado del famoso penal de San Miguel de los Reyes, me agarra discretamente del brazo para decirme que tenga cuidado con "aquellos", que allí donde mandan no hay libertad. Paso junto a un hombre mayor que es el cap de colla de los arroceros, llegados de Amposta y la Albufera valenciana, y me pregunta si dice algo el periódico sobre Indochina donde ha luchado un hijo que, tras la Retirada al final de nuestra guerra, los franceses le dieron a escoger entre Franco o enrolarse en la Legión. Al lado tiene un payés republicanot que, mirando el entorno, no puede evitar remugar a media voz "Què en farem d'aquesta Catalunya?".

Ni aquel payés esquerp ni el propio Candel, podían imaginar entonces que, pasado más de medio siglo, Catalunya volvería a vivir un momento crucial en el que, precisamente aquella gente, las generaciones de los supuestos xarnegos -definición de origen occitano que Candel ayudó a superar- acabarían siendo fundamentales para construir la Catalunya en libertad que ellos soñaron antes de conocerla. Su ejemplo, más que decir, me hace gritar: ¡Súmate!

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