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Núm. 22 - Joan-Pere Viladecans / Pere Baltà - 27/09/2016
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Estació de França / El tren de los pieles quemadas

Joan-Pere Viladecans / Pere Baltà



Joan-Pere Viladecans
Autor de la col·lecció de lletres capitulars dibuixades expressament per a la commemoració del 50è aniversari de la publicació del llibre "Els altres catalans" de Francesc Candel.

Pere Baltà
Editor i periodista. President de la Fundació Paco Candel.

Estació de França

Article publicat a La Vanguardia, el 3 de maig de 2013

Sent que, potser, hauria envellit sense ressentiment perquè havia treballat per a un millor futur per als seus fills, per als seus néts, veu com el present cruel envesteix al passat. Aquell passat que semblava adormit, ensopit, però estranyament indestructible: s'ha despertat. Tots i cadascun de nosaltres ens passem la vida preparant-nos per a alguna cosa. O per a algú i, després, tot surt al revés. Deu ser veritat que ser feliç és no tenir massa cosa a recordar? Alguns ho asseguren. Segur que, avui i aquí, hi haurà persones grans que, al seu interior, veuran esgrogueir un calendari amb unes dates que voldrien oblidar. Dies antics en plena merda cultural i social franquista. Els seus néts, capaços i ben criats, emigren també orfes d'horitzó, castigats per l'atur i la crisi. Una fuga de joves. Una altra vegada som un afligit país d'emigrants. El despoblament d'un panorama atroç. "Una mobilitat exterior", segons la ministra marmòria i eufemística. I devota. Una dona, políticament, a mig coure. Una innovadora de frases. En la vellesa insomne dels ancians, una imatge recurrent, espectral: l'estació de França que, com totes les estacions, constitueix per si mateixa un gènere literari. Allà la tenim, inamovible en el somieig dels avis que van ser emigrants i que encara recorden aquella exasperant olor de pobre. I de sutge. I d'aspror. I d'esperança, suor i dubte. Les llàgrimes negres tintades de carbonissa, dels nens amb el mocador a la mà. Maletes mal lligades amb cordill. Siluetes en pena vestides de diumenge. Comiats amargs. Il·lusions fingides. Ulls interrogants. Exiliats voluntaris a la recerca d'un sou. Proscrits polítics... En el seu ferri esquelet, l'estació embolicava un univers d'humanitats necessitades. El paisatge ha canviat, ja és tecnològic, però les figures, en essència, són les mateixes. Hi ha un desemparament semblant. La inevitable fugida d'un país que s'enfonsa. Irrespirable. On uns polítics, titelles del veritable poder, utilitzen paraules que ja són mentida abans de ser pronunciades. Un Govern sense credibilitat. Els vells emigrants van forjar un futur per als seus néts, que ara són els que han de marxar. Després d'un parèntesi de falsa prosperitat, en mans d'inútils i de lladres invisibles: un salt enrere. De dues generacions, almenys. Sí, tot tan llunyà... i tot tan a prop. Com l'estació de França.

Joan-Pere Viladecans

************************************

El tren de los "pieles quemadas"

Un viaje en "el sevillano" y una larga conversación

Reportatge publicat al diari Tele/eXpres els dies 17 i 18 de març de 1970

No eran todavía las diez de la mañana cuando el taxi me ha dejado en la acera de la Estación de Francia. El servicio de información de la Renfe me había indicado que a las 10'25 tiene salida un expreso hacia Andalucía. Bueno, yo pregunté por "el sevillano", el más popular de los trenes que unen Cataluña con el Sur, y me dieron esta información.

-¿Cuál es el último pueblo de Cataluña en que tiene parada? -insistía a través del hilo telefónico, y supe que era Tortosa, adonde llegaba a las 14'16, y que otro tren procedente del Sur tenía parada en aquella misma estación a las 16'37. Esto último me lo dijo el empleado de la RENFE con cierta extrañeza; no es muy frecuente un viaje de ida y vuelta en el mismo día y casi sin poner los pies en la ciudad de destino.

Con estos datos ya pude planear lo que iba a ser el viaje. No me interesaba en absoluto Tortosa, sino los pasajeros del "sevillano"; deseaba encuestarles. Las preguntas se agolpaban en mi mente, aunque la verdad sea dicha, todas ellas tenían unas respuestas lógicas. No se le puede preguntar a quien se va de su tierra, porque allí no hay pan, o cuando menos el pan suficiente, "¿qué es lo que anda buscando? ¿A dónde va?".

No, no eran esos ingenuos interrogantes los que me llevaba a una ventanilla de la Estación de Francia a pedir un billete de tercera clase, para que el funcionario de turno me dijera que ya no hay tercera. Ahora ya no solamente van en segunda los viajeros, los estudiantes de vacaciones o los inconfundibles miembros de nuestra clase media; hay rostros quemados y manos callosas en segunda. La RENFE habrá astillado aquellos antiguos vagones de madera, donde era fácil tropezarse con alguna plaquita de metal amarillento que rezaba el tradicional "Se prohíbe asomar la cabeza por la ventanilla" o el no menos frecuente "Se prohíbe escupir".

No obstante, escupió el señor mayor que viajaba a mi lado cuando al pasar por El Prat no pudo más que exclamar:

-¡Mecachis, qué mal huele esto!

Hay que decir que no fue fácil llenar casi al completo uno de los compartimentos del vagón que iba a final de destino. Me lo advirtió el revisor cuando, extrañado yo por lo vacío que iba el expreso, me dijo que no es la temporada y que "para allá abajo van y vienen casi vacíos los trenes por estas fechas". Y tuve que apañármelas para llenar el compartimento. Buscaba caras jóvenes especialmente, con el convencimiento de que el diálogo iba a ser más fluido y me metí en un compartimento en que viajaban cuatro argelinos de los que me despedí cuando me di cuenta que lo eran y que hablaban un francés que se parecía bien poco al que yo aprendí en las aulas.

-¿Les importa que viaje con ustedes? -le pregunté al señor mayor que luego, al pasar por El Prat, escupía.

-No, no... -asintió, y luego le conté mis intenciones, accedió a que llevara al compartimento a otros viajeros y a contestar cuantas preguntas les hiciera.

-Así va a ser más entretenido el viaje -comentó la que parecía ser su esposa, mientras el chaval que viajaba con ellos sonreía lleno de curiosidad.

Y al poco, además de ellos, ocupaban el compartimento un soldado, granadino de cuna, catalán por los años que llevaba aquí, quien se dirigía a La Línea de la Concepción para reincorporarse a su unidad; también un joven que dijo ser pintor de brocha gorda que corría hacia Córdoba con el afán de encontrar a su madre en vida todavía, un telegrama que llevaba en el bolsillo le había puesto en camino; y una señora gruesa que, tras largos años de estancia en Barcelona, volvía a su tierra para ver a las dos hijas casadas que le quedaron allí cuando se vino. Aún quedaba un asiento vacío para un señor que aceptó en principio tomar parte en la tertulia, pero que luego no vino. Debió pensar que lo que le proponía era un camelo; no quise insistir. Fue la excepción de siempre, porque hasta me sorprendió la simplicidad con que mis improvisados compañeros de viaje se prestaron al diálogo. Nunca hubo sinceridad en sus respuestas, aunque no eran opiniones lo que yo buscaba, sino las ilusiones que se hubieran podido consumar en Cataluña, y la mayor parte de ellos las llevaban pintadas en el rostro.

Bueno, en esto hay que hacer punto y aparte para el matrimonio que con su hijo se había venido a visitar a un familiar -hermano de él era- que tenían en Sabadell. Su caso era muy otro. Ellos tienen su pan allí abajo, aunque reconocían no tener las comodidades de su pariente, "que trabaja de albañil y se gana muy bien la vida", según ellos.

-En su casa tiene televisión y hasta nevera -me dijo la mujer entre dos silencios.

-Pues yo sí la tengo en mi casa de Córdoba -dijo el joven que tenía a su madre enferma- y me ganaba bien la vida, ya que trabajaba con mi padre en el oficio de pintor.

-¿Y entonces, por qué se vino para acá? -le cortó el soldado sin dejarme formular esta pregunta.

-Por mi novia. Un día fui a buscarla donde siempre y me enteré que había venido con toda su familia a Cataluña. Sin pensarlo dos veces me vine y me presenté en casa de una tía suya de la que ella me había hablado. Allí estaban. Mi suegro, bueno, el que ha de ser mi suegro, que nunca me ha podido ver porque allá en Córdoba me encontró un día en una cafetería de esas... Usted ya me entiende -me dijo-. Me puso mala cara en cuanto me vio. Pero me quedé. Dice que soy un gamberro, pero ya estoy harto de decirle... ¿Y usted qué? ¿Qué hacía allí? Lo mismo que yo, ¿no? Pues calle. Se lo he dicho hasta delante de su hija, no se vaya a creer. No me puede ver, pero como sabe que donde vaya yo también iré detrás de su hija ya me tolera. Si no fuera por esto, yo no estaría en Barcelona; aunque no puedo quejarme, la verdad, estoy de encargado en la casa en que trabajo. Gano más allí, aunque no mucho, pero trabajo más horas. Además, allí era otra cosa. Aquí uno se pone a tal hora y a tal hora tiene que estar el trabajo.

Con oficio, el trabajo es fácil

Lo cierto es que había que creerle. Llevaba marcado en su aspecto ese algo, ese aire especial que da la ciudad cuando uno se incorpora plenamente a ella. Vestía correctamente, la corbata se ajustaba perfectamente al cuello de una camisa blanca impecable, estaba acostumbrado al traje y al corte de cabello a la navaja cuando se terciaba. Son simples detalles, es cierto, pero no se les puede negar su expresividad.

-¿Pero tuvo dificultades para encontrar trabajo? Al principio, a todos se les hace un poco cuesta arriba...

-¡Qué va! En seguida encontré donde meterme. Las cosas son bastante más fáciles para quien tiene oficio.

-En eso tiene razón -rubricó el soldado-. Yo soy chacinero. Me metió mi padre en eso a los catorce años, de aprendiz, en cuanto llegamos a Cataluña. Ahora me han salido trabajos a porrillo. Mi padre, sin embargo, lo pasó mal. Él no tenía oficio. Tuvo que trabajar en una obra de peón, y eso después de recorrer unos cuantos sitios.

-¿Y sigue en lo mismo?

-Sí. Claro. ¿Qué puede hacer, si no? Era muy mayor cuando nos vinimos.

-¿Se vinieron solos?

-Sí, aunque luego se vinieron mi madre y mis hermanos.

-¿Y entonces, dónde vivieron ustedes?

-¿Dónde cree usted que podía vivir? -me dijo la señora gruesa que viaja sola-. Realquilados, ¿no, chico?

-Bueno, sí; sólo que era en casa de unos familiares que vinieron antes que nosotros.

-Usted, señora, ¿también?

-Claro. ¿Qué otra cosa puede hacer una? Si por no encontrar no se encuentra ni una barraca donde meterse.

-¿Debió venirse usted con su marido y con sus hijos? -le pregunté observando que vestía luto.

-Primero se vinieron mi marido con mi Juan. Luego, cuando encontraron una habitación con derecho a cocina, me vine con la Carmen y la María, que son las dos hijas que tengo aquí.

-¿Y les han ido las cosas bien, por lo visto?

-Pues, salvo lo de mi marido, sí. Claro que de eso no tiene la culpa Cataluña. Se cayó de una "embestida" y... se mató. Eso le pudo haber ocurrido en todas partes, ¿no le parece?

-Sí... ¿Y ahora... -intenté desviar el tema- saben sus hijas que va hacia allí?

-¡Qué va! ¡Menuda sorpresa van a tener! No sé cómo me las voy a arreglar para que no se enfade alguna de ellas, porque he visitado a la otra antes.

-Y dígame, ¿usted ha trabajado fuera de su casa desde que se vino?

-Ah, no... Lo hubiera hecho igualmente, no crea, pero nunca ha sido necesario. Entre mis hijos y mi marido, cuando vivía, han ganado siempre lo suficiente para que yo me ocupara de la casa y nada más.

-¿Y qué hacían ustedes allí? Antes de venirse, quiero decir.

-El campo.

-¿No les iba bien?

-Si no hubiera sido que el señorito se quedaba con la mitad de las cosechas, sí. Pero de aquel modo no era posible.

-¿Y a los que tienen tierras propias, aunque sean pocas, les va bien?

-¡Pero quién tiene tierras propias en mi pueblo! Todo es de los señoritos. Si acaso están deseando venirse para acá.

-Y ustedes -pregunté al matrimonio-, ¿también se dedican al campo?

-Vivimos en el campo, pero somos pobres -me dijo él-. Hacen falta bastantes cuartos para comprar un pedazo de tierra. Yo soy peón caminero de la Renfe; por eso hemos podido venirnos los tres a ver a mi hermano. Viajamos gratis.

-¿Y qué tal les va con ese trabajo? -me dirigí a la esposa.

-¿Qué quiere decir? -se extraña.

-Que si puede llevar la casa adelante con desahogo con lo que él gana.

-Pues mire usted..., se va tirando -me dijo él-. Vivimos justitos. Pero lo que más lamento es que a éste -se refiere al chaval que viaja con ellos- no le pueda dar estudios.

El chico se sonroja al oír las lamentaciones de su padre.

-¿Es que no hay escuela donde viven?

-No.

-Así, ¿no has ido nunca a la escuela? -le pregunté al chico.

-Ya tarde y con un maestro particular que nos cuesta lo nuestro -respondió el padre por él.

-¿Y ustedes no han pensado nunca en venirse a Cataluña? Teniendo ya a su hermano...

-Mi Antonio sí que lo ha pensado... Bueno, Antonio es el hijo mayor que se nos ha quedado en casa. Él siempre dice: mire, padre, que yo me voy con el tito, no aguanto más esto de aquí.

-¿Acaso ustedes no quieren?

-No, no... Lo que le digo es que se venga después de la "mili". Ahora también él trabaja en la Renfe, aunque no es fijo. Va a destajo. Unas veces gana más y otras menos. Ya sabe como va eso. Entre los dos vamos tirando la casa adelante.

La esposa seguía sus palabras con atención como asintiendo cada una de sus afirmaciones. "Si se quiere venir que se venga", dijo él, y ella iba diciendo con la cabeza "Sí, sí..."

-¿Y tú, chaval, te quedarías aquí? -dije como si fuera un diablo que pone tentaciones.

-¡Huy, éste...! -contestó como siempre su padre-. Ya se nos quedaba con los primos. Aunque, la verdad sea dicha, yo también me quedaría. Aquí se vive bien. Pero tira mucho la tierra de uno, sobre todo cuando, grande o pequeño, tiene uno un pedazo de pan que llevarse a la boca cada día.

-¿Qué es lo que más te ha gustado de lo que has visto? -insistí con el chico.

-Todo -dijo, ahora sí, tímidamente.

-Este en cuanto supo que hacían cine cada día... -dijo su madre.

-¿Y a usted? -le pregunté al joven pintor de brocha gorda-. ¿Hay algo en Barcelona que no tenga su Córdoba?

-¡Hombre! Eso no se puede ni discutir...

-Pero especialmente... -insistí.

-¿Qué quiere que le diga? Ah, sí... Las cafeterías. ¡Hay cada chavala con minifalda!

E hizo un chiste con los maxiabrigos a los que llamaba "de sorpresa", porque, decía, "que no se sabe nunca si la falda de debajo será corta o larga". Las cafeterías le llevan de cabeza.

La igualdad

-¿Es que no las hay en Córdoba? -insistí, aunque recuerdo que antes ya ha dicho que sí.

-Son otra cosa. Además, Barcelona tiene lo que quiera uno ir a buscar.

-¡Ah! Eso también es cierto -dijo el soldado-. Por allí abajo no le dejan a uno entrar en según qué sitios.

-¿Por el uniforme? -pregunté, a sabiendas de que nos hemos salido del tema anterior.

-No, no... Los paisanos tampoco pueden entrar en el Casino.

-Eso es verdad -dijo el otro-. Una vez estuve en un pueblo de la provincia de Córdoba a ver un pariente y cuando me enseñó el Casino del pueblo le invité a tomar una copa allí y no quería. Decía que solamente podían entrar los señoritos. "Calla, hombre, ni señoritos ni ná", le dije, "yo entro y tú conmigo". Y entramos. Yo ya veía que nos miraban de reojo los señoritos encorbataos que estaban en las mesas jugando a las cartas, pero... Pa chulo yo. "Pónganos unos whisquises", le dije al camarero, que por cierto también nos ponía mala cara, y le cité tres o cuatro marcas para impresionarle cuando nos preguntó de cuál lo queríamos. Nos lo sirvió, pero para mí que estaba deseando que nos fuéramos. Eso no pasa en Barcelona. Uno, aquí, con dinero y modales, se mete en todas partes.

-Y en cuanto al trabajo, ¿hay diferencia de trato entre vosotros y los de aquí?

-Eso no -dijo el pintor-. Los catalanes son muy suyos, pero le pagan a uno por lo que vale. Y, además, en mi empresa hay varios catalanes, y yo soy el encargado. Nunca he tenido problemas con ellos.

-¿Piensas lo mismo tú? -le pregunté al soldado.

-Sí. Tengo varios compañeros catalanes y ganan lo mismo que yo. Aunque después del trabajo cada cual vaya a lo suyo.

-¿Tienes novia?

-Más que eso. Estoy casado -dijo con satisfacción-. He venido con un permiso especial para ver a mi hijo que nació hace unos días.

La noticia inundó el compartimento de un cierto regocijo.

-¿Tu esposa es catalana? -pregunté una vez superada la circunstancia.

-Nació aquí, sí.

-Y sus padres, ¿lo son también?

-La madre, sí; pero su padre es gallego aunque habla muy bien el catalán. Vino de muy chaval.

-¿Lo habla también tu esposa, claro?

-Conmigo no. Yo siempre le digo que me hable en castellano, y si lo olvida le contesto a mi modo.

-¿Tú no sabes catalán?

-Poca cosa...

-¿Y no crees que ella también puede pedirte que habléis en catalán?

-Sí, pero... No sé. Ya veríamos.

Las estaciones se habían sucedido en la ventanilla, una tras otra. Acabábamos de detenernos en San Vicente con una importante demora sobre el horario previsto y los altavoces de la estación informaron de una nueva demora. Bajamos del tren para tomar alguna cosa en el bar. La conversación recabó en los mismos temas, recalcándolos, hasta que el expreso se puso nuevamente en marcha.

-Cuando vienen los representantes a hacer pedidos -me decía el pintor-, el dueño siempre me llama para ver lo que hace falta. Casí todos son catalanes, y a mí, aunque cada vez menos, me cuesta seguirles. Ellos se dan cuenta y me hablan en castellano. El dueño, si está allí, siempre les corta... "Eh, tu", les dice, "parla-li en català, que ja t'entendrà. No et preocupis".

La media hora que aproximadamente separa San Vicente de Tarragona transcurrió de muy distinto modo al resto del viaje. Les anuncié que me quedaba en Tarragona para poder coger el otro expreso de Andalucía que venía de vuelta, ya que difícilmente lo iba a poder tomar en Tortosa si seguía viaje con ellos.

El traqueteo del tren nos acercaba a la ciudad a bastantes kilómetros por hora. Pensé que posiblemente aquellas gentes hubieran viajado por separado, que lo que les había propuesto rompía con la monotonía de la mayor parte de los viajes.

La despedida, no obstante, fue fría. Posiblemente no nos íbamos a cruzar ya nunca más. En sus manos, al estrechárselas, me di cuenta de que cada cual volvía a sus problemas. El soldado me había dicho: "Algún día pondré una chacinería, o una tienda de tejidos, que mi mujer entiende de eso", y su pensamiento estaba muy cerca de esa idea. El joven pintor de brocha gorda tenía en su mente a la madre que había sido motivo del viaje, pero no andaba lejos de allí la fascinación que le imbuía la Barcelona bohemia. La mujer que viajaba sola sonreía con la idea de cómo contestaría a las convecinas que la iban a asediar con preguntas, como ella hizo antes con las que por alguna razón regresaban de Cataluña. En el matrimonio no encontré expresión alguna de inquietud. En el chico sí, él pensaba en que volvería algún día, que Barcelona era, como para tantos otros, "otra cosa".

Luego bajé del "sevillano" escudriñando la idea de cómo iban a ser mis compañeros en el viaje de regreso.

Viaje de regreso

Apenas había tenido tiempo de acabar el bocadillo en el restaurante de la estación ferroviaria de Tarragona, cuando los altavoces ya anunciaban la llegada del rápido procedente Sevilla. Salí al andén terminando el bocadillo a grandes mordiscos. Me pareció que iba a ganar tiempo si sabía antes de subir al tren averiguaba cuáles eran los vagones que procedían de Andalucía. Esperaba encontrarlo indicado en el lateral de algún vagón, como pasó en el tren que me trajo a Tarragona, pero no, esta vez no tuve suerte y fue preciso preguntar al revisor.

-Aquellos -me informó señalando los que quedaban más lejos. Subí al tren y pasando de vagón a vagón llegué a ellos pasado un tiempo de que el tren se pusiera en camino.

-¿Vienen ustedes de Sevilla? -pregunté a un matrimonio relativamente joven que viajaba en un compartimento con un pequeño que parecía su hijo.

-No, de Sevilla no -me salió al paso ella con el acento de aquella tierra-, venimos de Córdoba.

Y repetí la operación del viaje de ida sin que nadie dejara de prestarse al diálogo que pretendía entablar, solo que esta vez y en este vagón únicamente viajábamos el matrimonio ya mencionado con su hijo y dos jóvenes que iban tres o cuatro compartimentos más allá.

-No se preocupe usted -me dijo uno de ellos cuando fui a buscarles-, nosotros le vamos a decir más cosas que naide.

-¿De dónde venís?

No recuerdo demasiado bien el nombre (Argamasilla o algo así), un pueblo donde los hombres pescan cuando tienen suerte y se quedan mirando al mar con desengaño, cuando éste no les ha llenado las redes del pan nuestro de cada día.

-A uno se le rompe el pecho de amargura cuando vuelve a tierra con la barca vacía -me dijo el más joven de los dos, que ya había confesado que cumplía 18 años.

-¿Y tú? -le pregunté al otro, mientras el matrimonio seguía el diálogo que sosteníamos esperando su turno.

-Diecinueve.

-¿Y con novia?

-Una tengo deseando que no tarde en volver lo que las otras veces.

-Entonces, ¿no es la primera vez que os venís a Cataluña?

-Yo he estado en Barcelona otras dos veces y una en Mallorca, y éste solamente ha estado en Barcelona.

-¿Y de qué hacíais?

-Yo siempre me fui con el barco -dijo el mayor-, pero éste no encontró trabajo y tuvo que hacer de albañil.

-¿Os pagan mejor aquí por ir pescar?

-Se pesca más, sí.

-¿Y en Mallorca?

-Hay menos mercado; lo que se pesca es tan solo para la isla y en seguida hay bastante.

-¿Seguiréis trabajando en el mar?

-Después de la mili tal vez.

-Pero volveréis antes a vuestro pueblo...

-Claro.

Son jóvenes...

-Ellos lo pueden hacer -comentó el padre de familia, que hasta el momento había permanecido al margen-. Son jóvenes, no tienen responsabilidades, hoy pueden estar aquí y pasado mañana en otro sitio.

-¿Ustedes vienen a quedarse en Barcelona? -le pregunté.

A lo que contestó ella:

-¡Huy a quedarnos...! No lo sabemos. Él sí. Yo me volveré a Antequera dentro de unas semanas a buscar a mi hija si encontramos casa, o a quedarme hasta que él la encuentre y nos llame.

-Pero trabajo ya tiene...

Ahora es él quien responde.

-Sí, sí... El hermano de ésta me ha mandado llamar. Está de encargado en una imprenta de Sabadell y me va a poner de ayudante suyo. Creo que es la más grande de allí, la imprenta quiero decir.

-¿Y usted sabe algo de este oficio?

-Nada. Pero supongo que algo habrá que hacer para que me llame.

-Claro, hombre, en una imprenta hay mil oficios distintos. ¿Él sí que debe ser impresor o debía entender algo cuando se vino?

-Ya lo creo -dijo ella-. Mi hermano ya era impresor en Antequera. Lo que pasa es que se vino a hacer la mili y se quedó.

-¿Es muy grande Antequera?

-Dicen que treinta mil habitantes. Figúrese que hasta tiene periódico. El Sol de Antequera, se llama.

-¿Y de qué viven allí?

-De trabajar en el campo, casi todo el mundo vive de eso en Antequera.

-¿Y en vuestro pueblo, no hay tierras de cultivo? -pregunto a los jóvenes pescadores.

-Sí, pero son de uno o dos, y...

-¡Como en todas partes! -dijo el hombre que iba a mi lado, su carácter hasta ahora apacible se había irritado-. Seis meses llevo sin poder trabajar. Si no es por eso no nos venimos, ¿verdad, María? Pero desde que llegué de Alemania no he podido trabajar en nada. Por eso no nos queda más remedio que venirnos, ¡que me gusta demasiado mi tierra para dejarla porque sí!

-¿No le iba bien en Alemania?

-Mucho -dijo ella-. Figúrese que gracias a eso compramos nuestra casita. Hasta tengo televisor, me lo he comprado a plazos, trabajando también lo mío, pero las cosas le iban bien a mi marío por allá arriba.

-¿Y cómo no se vuelve usted a Alemania...?

-Estábamos demasiado lejos. Cataluña es otra cosa. Es España y supongo que uno está aquí como en su casa.

-Ya lo verá...

-Ya lo creo que sí -salió al paso uno de los dos marinos-. En Barcelona hay sitios en que a uno le parece que está en Andalucía.

Familias numerosas... eso era antes

-¿Dicen que solamente tienen dos hijos?

-Esta y la otra que se ha quedado allá -me dijo ella.

-¿Y tú, cuántos hermanos tienes? -le pregunté al más joven de los dos muchachos.

-Yo soy el más pequeño de nueve.

-¿También tú eres el más pequeño?

-No. Estoy en el medio de siete; el que hace cuatro.

-¿Y ustedes tan sólo dos, eh? Ya saben que ese es el promedio de Cataluña. Dos y tan sólo de vez en cuando una familia que tiene más.

-Es lo que tiene que ser -dijo él.

-Claro -rubricó ella.

-Pero no obstante en su tierra...

-Eso era antes -dijo él-, ahora la gente se ha dado cuenta de que esto es un atraso. ¿Para qué tantos? Si uno no puede ponerles pan en la boca de todos. Y quien dice pan, habla de ropa, de estudios. Eso es lo que más me ilusiona, que éste estudie.

-¿Y usted, hasta dónde llegó?

-Tuve suerte; hasta los catorce.

-¿Y vosotros?

-Yo no he ido.

-Yo casi nada.

-Y eso... ¿Es que no hay escuela en el pueblo?

-Una pequeña "mista". Van todos -dijo el que había ido algo-; la maestra casi no puede enseñar.

-¿Y tú por qué no fuiste a la escuela?

-¡Qué sé yo! Era un chaval que ya me metieron en una barca y ¡hala!, al mar.

-No hay derecho -dijo el hombre casado-, que a un crío no lo dejen aprender es un crimen. En Alemania no pasa nada de eso.

Poco a poco la conversación se fue alejando de su tierra, de los problemas del pedazo de España del que procedían, para acercarse a los de este otro al que se dirigían y que se les iba acercando tal y como los nombres de las estaciones desfilaban por la ventanilla del tren, Villanueva, Sitges, Garraf...

Este par de manos que trabajan por cien

Ahora era yo quien respondía a sus preguntas, les inquietaba lo que iban a encontrar más allá de la Estación de Francia. Los dos jóvenes tenían un planteamiento distinto, casi una aventura, se habían aprendido de chicos que hay que ir a buscar el pan donde se pueda hallar. Y llevados por esta premisa van de acá para allá. Sabían perfectamente lo que encontrarían en Barcelona, lo sabían de las otras veces. Pensaban que de su apariencia de ciudad abierta, no es todo verdad; que hay quien espera acechando al ingenuo que se viene para acá pensando que todo va a ser tan fácil como se lo han contado aquellos que, tras largos años de ausencia, han vuelto a su pueblo con su traje limpio, su camisa de tergal y su transistor colgando del hombro, contando maravillas de la vida que han llevado acá.

-En mi calle -me decía la señora- todo el mundo me ha dicho que hacemos muy bien en irnos, que en cuanto puedan también se vendrán.

-¿Y por qué no pueden? -repliqué.

-Lo mejor es tener alguien aquí.

-¿Vosotros tenéis a alguien? -me dirigí a los jóvenes.

-No -negó uno.

-Este par de manos que trabajan por cien -afirmó el otro con convicción.

-Eso -se le sumó el que había hablado primero.

Y Barcelona que se acercaba en la sensación de que las casas están cada vez más unidas unas a otras, junto a la vía, junto al traqueteo del tren y el discurrir de estas vidas que han puesto su horizonte en nuestra ciudad.

Una vez en el apeadero de Gracia, cuando les dije que faltaban pocos minutos para que llegara a su fin el viaje y que yo me bajaba del tren en aquella estación, porque la Renfe (otra vez) me había estropeado mi horario, la mujer todavía quería preguntarme si sería fácil encontrar un agujero donde meterse...

- ...usted lo debe saber -decía, como buscando en mi respuesta un "no tener que volverse" a su Antequera.

¡Qué podía decirle yo en ese trance!

-Algo habrá, por ahí, no se preocupe, siempre hay un rincón, pero deberá conformarse con poco por el momento.

El adiós del niño

Nos habíamos estrechado la mano cuando tuve que bajarme del tren ya en marcha. Una vez sobre el firme del andén, busqué la ventanilla

del compartimento en que viajábamos. Una mirada de niño se cruzó con la mía; los padres iban absortos tal vez en tantas preguntas como se hacen conociendo la respuesta. El niño, con la mano, me dijo adiós; yo también la levanté agitándola hasta que nos perdimos de vista. La verdad es que ni siquiera recuerdo su nombre, me lo dijeron ellos, pero no le di importancia alguna y lo olvidé. Pensaba que el pequeño no me podía decir nada importante.

Ahora creo que sí, que es precisamente ese chiquillo quien se aleja decididamente de su tierra para incorporarse a esta otra comunidad en la que se hará un hombre. Sus padres, como los otros dos jóvenes que viajaban con nosotros, vivían aquí pero lo harán entre recuerdos, como si su venida a Barcelona fuera un mal menor. Pero ese chiquillo no tendrá otros recuerdos que los de vida nueva a la que llega y podrá decir aquello de "Esta es mi tierra", aunque haya quien ahogándose en convencionalismos le recuerde que no nació en ella.

El expreso de Andalucía, más conocido como "el sevillano", ya solamente deja ver su luz allá en el fondo de un largo túnel oscuro. Este es el fin de un reportaje cuyos personajes viajaban diariamente (unas veces en mayor número que otras) en el tren que sale a las 10'25 de la barcelonesa Estación de Francia o que llega a las 13'55.

Pere Baltà

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